Era un pistilo de diente de león; cuando el viento agitaba furioso, ella navegaba entre sus caprichosas corrientes, suave y delicada sin siquiera inmutarse. En la suave brisa de primavera, flotaba inerte, por los invisibles flujos como un loto que domina la charca lodosa. Era tan libre que nada la ataba, ni el padre, ni la norma. La naturaleza le servía sabedora de la inconmensurable competencia de su brillo. Así la conocí, libre, segura e impasible.
Me enamoré una noche que se posó en mi mano y aunque el alma me pesaba juré una devoción eterna por aquella conflagración que me había asaltado. Los días transcurrieron y me fui habituando a sus mañas y costumbres; encontré reconfortante su sonrisa y la atención tan profunda de sus ojos. Era indescriptible, escuchaba tan audaz cada palabra con la agudeza de una empatía infinita siempre atinaba a las respuestas y a esa frase que reconforta no solo a la mente, sino al alma.
Tantos momentos que construimos con la visión de la esperanza, la clara demostración de que en el mundo no solo hay queja e ignorancia, en cambio estaba ella como el testimonio de que si acaso Dios existe, tiene algo de sus ojos color avellana.
Mas los sueños pertenecen a un plano diferente, donde mortales solo pueden si acaso imaginarse, sería necio y algo torpe pensar que la magia de este mundo se brinda a manos llenas a quien la quiera reclamar.
Un día del amor tomó el camino de la creación y ella inició la travesía de su vida por doscientos sesenta y cinco días. Al principio iba sola o al menos eso le hacía creer la primavera. La escuché cuando buscaba una mariposa en sus entrañas aunque fuera una polilla, algo que le hiciera sentir que no estaba sola en ese proceso. Yo la miraba y acompañaba en silencio, recordaba las palabras de alivio y la sentía tan cerca como el primer día. Los días se consumían con una rapidez inesperada, su barriga crecía y la primavera dio paso al azote del verano. El calor no fue un gran enemigo pero sí lo fueron las rutinas y demandas de cada día.
Para mí era el pistilo de un diente de león que se posó en una hoja para contemplar el milagro de la vida. Verla parar me aliviaba, más nada podía detener el tiempo y sus implacables deseos.
El otoño se hizo presente y con él la última jornada de su travesía. Los pies ya no daban y la barriga estaba que reventaba. Tomé su mano en esta marejada y enfrentamos tormentas y bochornos, desmayos y antojos, la cirugía y un sofá relleno de piedras. Entrado el último mes del año, encontramos la paz transmutada en un pequeño hombrecillo que nos veía sonreír.
Los primeros meses no fueron sencillos, enfrentamos dolores y temores desconocidos que solo ante nuestra paz cedieron. Una línea tenue se fue dibujando, recta y oscura aunque apenas visible, nos separaba con determinación. Luché y luché por borrarla del piso y pronto entendí que me estaba omitiendo .
Una noche corrí hacia ella, le grité y advertí de la línea que nos separaba por mitad la casa. Ella no respondió, admiraba absorta el fruto de su batalla, nuestra paz chiquita del último mes del año, lo miré a los ojos con curiosidad y me perdí en la magia que transmitía su sonrisa. La línea se hizo más fuerte y continua.
Desperté una mañana y la línea ya estaba por todo el piso; aquí, dos patas de una silla y allá, las otras dos patas. Todo cuanto había estaba partido en dos. A veces ella quedaba atrapada en una mitad y yo en la otra, ella sumida en pensamientos profundos, yo escribiendo o tratando de adivinar el contenido de sus meditaciones.
El silencio ocupó un lugar en la mesa, nos visitaba tres o cuatro voces por semana, me contaba historias fantásticas, las escuchaba con atención mientras ella del otro lado de la habitación hacía lo propio con el incómodo visitante.
Aquí estoy hoy entre silencios, ahogando la voz que no me sale en un papel que me ignora. Viendo como el pistilo de un diente de león se conserva en un dije de cristal mientras asisto mudo a un obra donde cada día los diálogos sobran ante un destino inevitable. Es la paz de la que nos aferramos para disolver el silencio y que nos lleve otra vez el viento.

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